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Iriarte
Daniel Iriarte
[Julio 2010]
Egipto  columna 

Mubarak ya tiene rival

Se avecinan grandes tiempos para Egipto. La salud del presidente-dictador Hosni Mubarak, de 83 años, está visiblemente quebrada. Se rumorea que tiene cáncer, lo que explicaría su visita relámpago a un hospital parisino la semana pasada. Los mecanismos del régimen ya se han puesto en marcha para asegurar la sucesión en la persona de su hijo, Gamal Mubarak, quien, entre otras cosas, está promocionando un programa nuclear egipcio al estilo del iraní.

Pero el año que viene hay elecciones en el país, y algunas cosas podrían cambiar. No nos engañemos: a pesar de la existencia de un parlamento, el régimen egipcio es una dictadura en la que hay entre 5.000 y 17.000 presos políticos, dependiendo de las fuentes. La tortura es la manera normal de tratar a los detenidos, tanto comunes como políticos (una práctica estándar es la violación con palos de escoba). Pero Egipto es también el tercer receptor de ayuda militar norteamericana en el mundo (tras Israel y Colombia), y los estadounidenses necesitan de la fachada democrática, una vez acabadas las turbulencias de la Guerra Fría.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Mubarak tiene un contrincante serio. Mohamed Baradei, antiguo director de la Agencia Internacional de la Energía Atómica, concurrirá a los comicios. El último tipo que le hizo sombra al 'rais', el político Ayman Nour, fue encarcelado durante cuatro años. Pero es improbable que el régimen se atreva a hacer lo mismo con Baradei, que tiene un perfil mucho más internacional y cuya detención sería un verdadero escándalo.
A pesar de la existencia de un parlamento, el régimen egipcio es una dictadura con miles de presos políticos
Baradei cuenta con el apoyo de una ya veterana plataforma de oposición civil, Kifaya (Ya Basta), que, no obstante, apenas moviliza a un mínimo sector de población, principalmente profesionales liberales de El Cairo. En su mayoría, la sociedad egipcia está altamente despolitizada. El país estuvo al borde de la revolución en 2008, cuando la crisis mundial de los alimentos condujo al país a la carestía, y asistimos a los disturbios en las puertas de las panaderías. Mubarak lo entendió perfectamente, e inmediatamente puso al ejército a hacer pan: el rais jamás caerá por falta de libertad, pero los egipcios no dudarán en echarse a la calle si no hay comida.

También por este
motivo, en los últimos dos años los sindicatos han ganado mucha fuerza, puesto que el hundimiento de la economía global ha puesto a muchos trabajadores contra las cuerdas en la lucha por la supervivencia diaria. La economía egipcia está controlada, literalmente, por cuatro familias adeptas al régimen. Son muchos los egipcios, tanto entre la clase trabajadora como entre la burguesía, que creen que el régimen les está robando lo que les corresponde, por lo que ven favorablemente la idea de un cambio, el que sea.

Los Hermanos Musulmanes son la única fuerza de oposición organizada que goza de cierta implantación: un sexto de los diputados de la Asamblea son candidatos 'independientes' en realidad vinculados a la Hermandad. Su programa político, resumido en la frase “El islam es la solución”, resulta cercano a las grandes masas campesinas musulmanas de Egipto, donde cerca de un 70 % de la población no sabe leer ni escribir. Su poder inquieta no sólo al régimen —que no tiene otro remedio que tolerarles—, sino también al 12% de cristianos coptos que viven en Egipto, quienes ven con aprensión cómo gana poder un movimiento que siempre se ha expresado de forma ambigua sobre su disposición a implementar la sharia en el país.

Ahora acaba de anunciarse que también los Hermanos Musulmanes apoyan la candidatura de Mohamed Baradei a la presidencia, lo que convierte al ex diplomático en un rival formidable. Tal vez los Mubarak logren perpetuarse en el poder, pero lo que es seguro es que, en las próximas elecciones, el balance de poder va a cambiar.